Un cuento sobre la importancia de observar a nuestros hijos

Un resumen de parte del capítulo 11 de “Mentes diferentes, aprendizajes diferentes” de Mel Levine.

Marc era un muchacho de 17 años que había sido encerrado dos veces por varios delitos. Arrastraba un largo historial de frustaciones y humillaciones en los estudios a causa de un retraso general en lectura, escritura, ortografía y matemáticas.

El simple hecho de pensar en escribir hacía que Marc se pusiera a temblar.

Marc hablaba muy bien y daba la impresión de ser un chico inteligente, pero sin interés por los estudios.

Durante una entrevista me dejó ver su cuaderno de dibujos. Me quedé estupefacto al ver su talento artístico y su gran originalidad, cuando nunca había recibido clases de dibujo. De pequeño tenía un gran ingenio  diseñando y construyendo fortines y también hacía gala de una notable intuición para solucionar problemas de construcción.

Su mente emitía el mensaje de que estaba cableada para funcionar muy bien, pero nadie lo había captado. Un instructor de un centro de formación profesional se interesó por él y se convirtió en su tutor y consejero y le ofreció el estímulo y los elogios que tanto tiempo llevaba mereciendo. Hoy ocho años después, Marc es un diseñador de páginas web y ha montado su propia empresa. Además ha seguido cursos nocturnos para prepararse para estudiar arquitectura.

Marc se encontraba al borde del abismo a causa de un abandono total de sus cualidades, una privación absoluta de la sensación de logro personal y una pérdida casi total de la motivación.

Hace un año Marc escribió:

Cuando era adolescente lo veía todo negro. Ya había perdido toda la esperanza. Mirara donde mirara solo veía el fracaso ante mí. Nunca se me había ocurrido que las respuestas al enigma de mi vida pudieran estar en mi cuaderno de dibujo y en los increíbles fortines que construía cuando era un niño. Usted fue la primera persona que  me hizo ver mis cualidades. Fue usted quien me hizo saber que lo mejor de crecer era practicar la especialidad de nuestra propia mente. Usted me dijo que el remedio de todos mis males llegaría cuando pudiera encontrar mi propio lugar. Pues bien, ya lo encontrado. Ya tengo mi especialidad. Ya estoy en marcha. Y el futuro parece esplendoroso. También he conocido a una mujer encantadora con la que me voy a casar. Cuando tengamos hijos, pienso ayudarles a encontrar aquello para lo están cableados (como usted diría). Muchas gracias, doctor.

Después de leer este libro de Mel Levine, he entendido como está cableado el cerebro de mi hijo mayor.

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